
Ninguna criada sobrevivió con la nueva esposa del multimillonario, hasta que una nueva criada hizo lo imposible.
Aisha comenzó a observar con más detenimiento. Notó la forma en que Olivia evitaba ciertas habitaciones de la casa, el nerviosismo en los ojos de Richard cuando su esposa perdía los estribos, y los susurros furtivos del personal que cesaban abruptamente a la llegada de la nueva señora.
Una noche, aprovechando el silencio que envolvía la mansión después de que los señores se retiraran a sus aposentos, Aisha se aventuró por los pasillos poco iluminados. Su destino era el estudio de Richard Sterling, una habitación que siempre permanecía cerrada y donde, según los rumores, guardaba sus documentos más importantes.
Con el corazón latiéndole con fuerza, Aisha deslizó una horquilla de su recogido y con manos expertas, forzó la cerradura. La puerta se abrió con un leve clic. El estudio estaba sumido en la penumbra, iluminado solo por la tenue luz de la luna que se filtraba a través de las pesadas cortinas.
Aisha encendió la linterna de su teléfono y comenzó a examinar el escritorio. Entre papeles y legajos, encontró un álbum de fotos antiguo. Al abrirlo, su aliento se cortó. Las imágenes mostraban a Richard Sterling sonriendo junto a una mujer de cabello oscuro y ojos brillantes, una mujer que no era Olivia. En otras fotos, la misma mujer aparecía embarazada, y en una última, sostenía un bebé en sus brazos.
Debajo de una de las fotografías, una nota escrita a mano decía: “Mi amor, mi vida, mi Isabela y nuestro pequeño Ángel. Siempre en mi corazón.”
Un escalofrío recorrió la espalda de Aisha. Isabela… ese era el nombre que había escuchado murmurar a las criadas más antiguas, un nombre que había desaparecido de las conversaciones tras la llegada de Olivia.
Mientras Aisha asimilaba el descubrimiento, un ruido en el pasillo la alertó. Rápidamente cerró el álbum y apagó la linterna, justo cuando la puerta comenzaba a abrirse lentamente.
Una figura esbelta se recortó en el umbral, iluminada por la luz de un candelabro. Era Olivia, vestida con un camisón de seda color marfil, con una expresión dura y sospechosa en el rostro.
“—¿Qué haces aquí?” preguntó con voz helada.
Aisha intentó mantener la compostura. “Solo… buscaba un trapo para limpiar un derrame, señora.”
Olivia entrecerró los ojos, examinándola de arriba abajo. “En el estudio de mi esposo, a estas horas de la noche. No te creo.”
Antes de que Aisha pudiera responder, Olivia avanzó hacia el escritorio. Su mirada cayó inmediatamente sobre el álbum de fotos, que Aisha no había tenido tiempo de guardar.
Un grito ahogado escapó de los labios de Olivia al ver las imágenes. Sus ojos se llenaron de furia y lágrimas.
“—¡¿Quién te ha enseñado esto?! ¿Quién te ha dicho algo?” bramó, agarrando el álbum con manos temblorosas.
Aisha guardó silencio, sabiendo que la verdad estaba a punto de salir a la luz.