“Tienes suerte de que no te eche ahora mismo”, siseó Olivia, con la voz cargada de veneno. “¿Tienes idea de cuánto cuesta este vestido?”
El corazón de Aisha se aceleró, pero su voz sonó tranquila. “Lo siento, señora. No volverá a suceder”.
“¡Eso dijeron las últimas cinco criadas antes de irse llorando!”, espetó Olivia. “Quizás debería darte prisa”.
Richard finalmente llegó al último escalón, con la mandíbula apretada. “Olivia, ya basta”.
Olivia se volvió hacia él, exasperada. “¿Basta? Richard, esta chica es incompetente. Igual que todas las demás”.
Aisha no dijo nada. Había oído hablar de Olivia antes de venir. Todas las criadas que la habían precedido habían durado menos de dos semanas, algunas apenas un día. Pero Aisha se había prometido a sí misma que no la echarían. Todavía no. Necesitaba este trabajo.
Más tarde esa noche, mientras el resto del personal susurraba en la cocina, Aisha pulía los cubiertos en silencio. María, la ama de llaves, se inclinó y murmuró: «Eres valiente, chica. He visto a mujeres el doble de tu tamaño marcharse después de una de sus rabietas. ¿Por qué sigues aquí?»
Aisha sonrió levemente. «Porque no vine solo a limpiar».
Maria frunció el ceño. «¿Qué quieres decir?»
Aisha no respondió. En cambio, apiló la plata pulida con cuidado y fue a preparar las habitaciones de invitados. Pero su mente estaba en otra parte: en la razón por la que había aceptado este trabajo, en la verdad que había venido a descubrir.
Arriba, en la suite principal, Olivia ya se quejaba con Richard de «esa nueva criada». Richard se frotaba las sienes, claramente cansado de las constantes peleas.
Pero para Aisha, este era solo el primer paso de un plan que o bien revelaría un secreto… o la destruiría por completo…
En lo profundo del corazón de la opulenta hacienda mexicana, entre ecos de fuentes de azulejos y el aroma embriagador de los jazmines que trepaban por los muros de adobe, Aisha continuaba su trabajo con una serenidad que desconcertaba a Olivia y despertaba la curiosidad del resto del servicio. Los días se deslizaban en una tensa calma, rota solo por los ocasionales estallidos de furia de la señora de la casa, siempre dirigidos hacia Aisha, quien los recibía con una estoica mezcla de humildad y una firmeza silenciosa.
Una tarde, mientras Aisha regaba el exuberante jardín interior, escuchó una conversación entre María y Consuelo, la cocinera, cuyos murmullos flotaban desde la cocina a través de las ventanas de hierro forjado.
“—Dicen que antes de Olivia, el señor Sterling era un hombre diferente,” susurró Consuelo, con la voz cargada de nostalgia. “Más amable, más presente. Desde que ella llegó, todo es tensión y secretos.”
“—Y las desapariciones de las criadas,” añadió María con un escalofrío. “Cinco mujeres en menos de un mes. Es antinatural.”
Las palabras resonaron en la mente de Aisha, confirmando las sospechas que la habían llevado hasta allí. No eran solo rabietas lo que ahuyentaba al personal. Había algo más oscuro acechando bajo la fachada de lujo y poder.