Él sonrió bondadoso:
—No quería darte molestias, hija. Solo traje unas cositas del rancho, para que no olviden el sabor de casa.
María se conmovió hasta las lágrimas. Pero Javier reaccionó distinto. Estaba en la sala mirando su celular; al ver entrar a don Pedro con la ropa gastada y las sandalias viejas, frunció el ceño, lo saludó fríamente y se dio la vuelta.
Durante la comida, don Pedro intentó conversar con su yerno:
—Javier, ¿cómo va el trabajo? ¿Te está yendo muy pesado?
Javier tomó carne rápidamente y respondió seco:
—Lo normal.
El ambiente se volvió tenso. Don Pedro, aun así, sonrió y habló de las cosechas y de la vida en el pueblo. Javier apenas lo escuchaba, asintiendo de vez en cuando. Dentro de sí, pensaba con fastidio: “Un campesino sin dinero, ¿qué puede tener de interesante? ¿Qué sabrá él de la vida moderna?”
María, viendo la frialdad de su esposo, sufría en silencio.
Por la tarde, Javier tenía una cita importante con el director de una gran empresa, alguien con quien buscaba asociarse para salvar su negocio en crisis. Se alistó apresurado, dejando a su suegro solo en el patio.
Poco después sonó el timbre. Un coche de lujo se detuvo frente a la casa. De él bajó un hombre de mediana edad, elegante, con un traje impecable. Javier corrió a recibirlo con una sonrisa servil:
—¡Director! Bienvenido, por favor, pase a la casa.
Pero cuando el hombre entró, Javier quedó paralizado. El visitante se dirigió directamente hacia don Pedro, que estaba sentado en silencio, y le habló con todo respeto:
—Buenas tardes, don Pedro. Soy Alejandro Ramírez, director de la empresa ABC, y vine según lo acordado con usted.