El suegro vino del campo a visitar; el yerno lo despreció por pobre y ni siquiera quiso conversar, pero después se quedó pálido de arrepentimiento al conocer la verdad…

Javier se quedó boquiabierto. El “director” con el que había soñado asociarse trataba a su suegro campesino con total deferencia.

Don Pedro sonrió y explicó con calma:
—No quise presumir, pero desde hace años invertí mis ahorros junto con unos conocidos en levantar esta empresa. Alejandro es el director general. Esta vez vine no solo a visitar a mi hija, también a hablar de abrir una nueva sucursal en la ciudad. Pensaba presentarte con él, a ver si podían colaborar…

El cuerpo de Javier se derrumbó por dentro. Recordó su indiferencia, las respuestas cortantes que había dado, el desprecio en sus ojos. Solo le quedó un profundo arrepentimiento. Balbuceó:
—Perdón, don Pedro… yo no sabía…

El suegro suspiró y dijo despacio:
—No necesito que me respetes por dinero. Solo quiero que quieras a mi hija y valores la familia. Pero hoy vi claramente lo que pesa más en tu corazón.

Se levantó, tomó su viejo morral y se dispuso a marcharse. María rompió en llanto y trató de detener a su padre. Javier, en cambio, se quedó pálido, lamentándose. La oportunidad dorada se le había escapado de las manos por culpa de su orgullo y su desprecio.

Esa noche, la casa quedó en silencio. Javier, abatido, comprendió que la verdadera riqueza no estaba en un traje elegante, ni en una cartera llena, ni en un coche lujoso, sino en la bondad y la dignidad de las personas. Y entendió que lo que había perdido no era solo una oportunidad de negocios, sino también la confianza de su esposa y el respeto de su suegro: el campesino humilde que en realidad era socio mayoritario de la empresa con la que tanto había soñado trabajar.

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