Durante el funeral de su hijo, la madre agarró un hacha y golpeó la tapa del ataúd varias veces: cuando la tapa se rompió, la gente vio algo horrible.

El día empezó como cualquier otro, pero ya sentía la pesadez en el aire incluso antes de bajar del coche. Mi marido y yo nos dirigíamos al viejo cementerio de su padre, donde, según decían, se celebraría el funeral de su hermano menor. No era un funeral cualquiera, sino uno lleno de rumores, susurros y una incredulidad subyacente que me revolvió el estómago.

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Recuerdo la mañana vívidamente. El cielo era de un gris uniforme, con un techo bajo de nubes apretándose, como si incluso el tiempo estuviera de luto. El cementerio estaba silencioso, demasiado silencioso, salvo por el ocasional susurro de las hojas muertas en el viento. Me aferré al brazo de mi esposo, sintiendo su tensión correr por su cuerpo como una corriente eléctrica. Detrás de mí, la presencia de su madre ya era palpable; su aura de desafío se mezclaba con el dolor de una manera que me erizó los pelos de los brazos.“Mamá”, había repetido mi esposo en los últimos días, intentando convencerla de que se vistiera de negro, de que asistiera al funeral con un atisbo de respeto por la tradición. Pero ella se negó. Rechazó no solo la ropa, sino la premisa misma de que su hijo, al que ella creía vivo, había fallecido.

Cuando finalmente accedió a aparecer, lo hizo con un llamativo abrigo azul, que contrastaba marcadamente con el negro de los dolientes. En la mano llevaba una gran bolsa negra que no soltaba. Intenté hablarle con dulzura, intentando explicarle el accidente, las pruebas de ADN, la documentación que confirmaba su muerte. Pero ella negaba con la cabeza cada vez, diciendo: «Ese no es mi hijo. Lo conozco. Lo siento. Me lo han robado, o me han mentido».

Su convicción era inquebrantable, e incluso mientras sostenía la mano de mi esposo, intentando calmarlo, podía sentir cómo la tensión aumentaba, una corriente tangible que recorría la multitud reunida. Amigos, parientes lejanos y algunos vecinos habían llegado, y mientras murmuraban palabras de condolencia, sus miradas nerviosas se dirigían a ella. No sabían si su comportamiento era de dolor o algo completamente distinto, algo sobrenatural, casi profético.

La ceremonia comenzó. La voz del sacerdote se elevó por encima del silencio, recitando oraciones que resultaban reconfortantes y vacías a la vez. El ataúd yacía pulido y sellado frente a nosotros, con las asas de latón brillando tenuemente a pesar del cielo nublado. El hermano menor de mi esposo había sido declarado muerto tras un accidente de coche que le dejó el rostro irreconocible. La prueba de ADN había confirmado su identidad, pero la madre no quería, no podía, aceptarlo.

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