Javier había nacido y crecido en la Ciudad de México. Estaba acostumbrado a la comodidad, a mirar la vida con ojos que solo valoraban el dinero y el estatus. Cuando se casó con María –una muchacha dulce, sencilla, originaria de un pequeño pueblo– sus amigos se burlaban diciendo que había “traído una esposa pueblerina”. Pero como ella era hermosa, trabajadora y lo amaba con todo el corazón, Javier aceptó casarse.
El día de la boda, el padre de María, don Pedro, un campesino delgado y curtido por el sol, viajó desde el rancho y entregó todos sus ahorros para apoyar a su hija. Pero para Javier, aquel hombre no era más que “un pobre atrasado”.
Después de la boda, María a veces le pedía a su esposo volver al pueblo a visitar a su papá, pero Javier siempre inventaba excusas:
—¿Qué gracia tiene ir allá? Solo polvo, campos y nada interesante de qué hablar.
María se entristecía, pero no se atrevía a reprocharle.
Un día, don Pedro llegó de sorpresa a la ciudad para visitar a la pareja. Viajó en un viejo autobús de línea y trajo como regalo unos kilos de camote y unas toronjas de su huerto. Apenas llegó, María se emocionó:
—¡Papá! ¿Cuándo llegaste? ¿Por qué no me avisaste para ir a recogerte a la central?