Arthur había atrapado a innumerables personas antes. Cada vez, se sentía reivindicado cuando no superaban la prueba; eso justificaba su desconfianza. Pero ahora, por primera vez, alguien había pasado, y en lugar de satisfacción, sentía vergüenza.
Le deslizó el sobre. “Tómalo.”
Clara negó con la cabeza rápidamente. «No, señor. Ya le dije que no robaré».
—Esto no es un robo —dijo Arthur en voz baja—. Es un préstamo. Sin intereses. Sin contrato. Solo… ayuda para alguien que claramente se la merece.
A Clara se le llenaron los ojos de lágrimas. “¿Por qué harías eso por mí?”
Arthur dudó. «Porque me equivoqué contigo. Y porque… una vez, hace mucho tiempo, alguien me dio una oportunidad cuando no la merecía. Quizás sea hora de pagar esa deuda».
¿Qué cambió?
Clara aceptó el sobre con manos temblorosas, susurrando “gracias” una y otra vez. Arthur la vio marcharse, sintiendo que un peso que no sabía que llevaba comenzaba a desaparecer.
En las semanas siguientes, el hermano de Clara se sometió a la cirugía y se recuperó bien. Ella regresó al trabajo, decidida a devolverle cada centavo. Fiel a su palabra, dejaba pequeñas cantidades en un sobre sobre el escritorio de Arthur cada día de pago. Pero Arthur nunca cobró ni una sola. En cambio, las guardaba todas en la caja fuerte, como recordatorio de que no todos querían robarle.
Años después
Clara finalmente siguió adelante, obtuvo una beca y se convirtió en enfermera. Arthur asistió a su graduación, algo que nunca antes había hecho por ningún empleado. Cuando le preguntaban por qué, simplemente decía:
Me recordó que la riqueza no se trata de lo que conservas. Se trata de lo que decides dar.
Y en lo más profundo de su corazón, Arthur lo sabía: ese día en el estudio no sólo había salvado al hermano de Clara, sino que también lo había salvado a él.