Tenía solo ocho años, pero cuidaba ese viejo armario como si su vida dependiera de ello. Su madre pensaba que era solo un juego hasta que abrió la puerta.

—Y si alguna vez quieres empacar todo, — agregó Emma—, ¿podemos plantar algo en su lugar? Como un árbol o un jardín. Algo que crezca.

Un nudo se le formó en la garganta a Grace, pero sonrió.

—Me gustaría, — dijo—. Un jardín de recuerdos. Y quizás cada flor sea una historia.

Emma sonrió radiante. —Entonces, nunca nos quedaríamos sin ellas.

En el aniversario de su muerte, organizaron una pequeña reunión en el jardín trasero. Familia cercana, viejos amigos. Risas y lágrimas compartidas, fotos pasadas en círculo. Luego, Emma se levantó y señaló un pequeño árbol que habían plantado cerca de la cerca—una rama de flor de cerezo, que comenzaba a florecer.

—Esto es por mi papá, — dijo con voz clara—. Así, incluso cuando no esté aquí, algo hermoso seguirá creciendo.

Todos aplaudieron. Grace secó sus ojos.

Esa noche, mientras estaban en el porche otra vez, Emma apoyó su cabeza en el hombro de su madre.

—Lo extraño todavía, — dijo.

—Yo también, — susurró Grace.

—Pero ya no duele tanto.

Grace le dio un beso en la cabeza. —Eso hace el amor, cariño. No te hace olvidar. Solo te ayuda a cargar con ello.

Y dentro de la casa, el viejo armario permaneció en silencio en la esquina—ya no como una puerta a algo oculto, sino como un recordatorio de lo que permanece, de lo que sana, y de lo que crece.

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