Un escalofrío de repulsión recorrió mi espalda. Los casos de abuso intrafamiliar no eran extraños en la sala de emergencias, pero cada vez que se presentaban, sentía el mismo puñetazo en el estómago. Sabía que estaba a punto de cruzar la línea más peligrosa: la que divide la confidencia médica del testimonio criminal.
Le pedí que me diera el nombre. De nuevo, la duda y el miedo la asaltaron. Le recordé la mirada de su tía, la necesidad de que ella y su bebé estuvieran seguros. Le recordé que yo era su última oportunidad de salir de ese infierno.
Finalmente, Lucía susurró un nombre. Era el nombre de un hombre que yo había visto entrar y salir de la habitación, una figura que parecía tener toda la confianza de la Tía Elena. Un familiar directo, alguien que se suponía que debía ser su protector. El nombre era casi inaudible, pero lo escuché con una claridad escalofriante. El aire de la sala se volvió espeso, irrespirable.
En ese instante, el Dr. Alejandro Torres dejó de ser un simple médico. Me convertí en testigo y protector.
Me levanté de la silla. Mi primer impulso fue el de la rabia, pero la canalicé en acción. Mi mano temblaba mientras marcaba el número de la oficina del director y, simultáneamente, el de la policía. No había tiempo para deliberaciones éticas sobre la confidencialidad del paciente. Una niña, mi paciente, una víctima, había depositado la verdad más horrible en mí. Mi deber era anteponer su seguridad a cualquier protocolo.
La puerta de la sala de emergencias se cerró detrás de mí con un golpe seco, dejando el eco del nombre susurrado de Lucía resonando en mi cabeza. En el otro lado, el hombre cuyo nombre había pronunciado, seguía en la sala de espera, sin saber que su oscuro secreto estaba a punto de ser expuesto a la luz más cruel. La policía ya venía en camino. Y yo sabía que, a partir de ese momento, la vida de Lucía, y la mía, quedarían irremediablemente marcadas por esa noche en Urgencias. El sistema de justicia, ese monstruo lento, comenzaría a moverse, y solo esperaba que lo hiciera lo suficientemente rápido para protegerla.
El peso de esa noche, el horror contenido en un solo nombre, es una carga que llevo conmigo cada día que vuelvo a ponerme mi bata. El miedo de Lucía es el recordatorio constante de que, a veces, los monstruos no llevan máscaras, sino que comparten el mismo techo que la inocencia.