Alí estaba apoyada en la pared del salón observando a los invitados reír y divertirse. La fiesta de cumpleaños de Raimunda había sido un éxito. La casa estaba llena de amigos de Roberto, aquellos que formaban parte de su vida antes de casarse.
Sin embargo, nadie parecía recordar que también era el cumpleaños de Alí. Las risas, las conversaciones animadas y los regalos no incluían nada para ella.
Intentó acomodarse el vestido, ya arrugado por todo el movimiento, mientras servía a los demás. Los pies le dolían tras tantas idas y venidas, asegurándose de que todo estuviera perfecto. En su mente rondaba una pregunta: ¿Alguien se acordará de mí? Pero la respuesta ya era evidente. Ni siquiera Roberto, su propio marido, había mostrado interés. Allí estaba él, riendo en un grupo, lanzándole una mirada fugaz mientras ella intentaba disimular su malestar.
De pronto, Alí escuchó un murmullo en una de las mesas.
— ¿De verdad es la esposa de Roberto?
El peso de esas palabras cayó sobre ella como una losa. Sintió el rostro arder y las manos comenzaron a temblarle ligeramente. Intentó hacer oídos sordos, pero la sensación de ser una extraña entre aquella gente se intensificaba. Decidió ocupar las manos y tomó una bandeja con vasos de refresco para continuar sirviendo. Aunque la tristeza se hacía cada vez más evidente.
Fue entonces cuando, al dar un paso en falso, los vasos se le escaparon de las manos y cayeron al suelo, derramando el refresco por todas partes. El estruendo hizo que las conversaciones cesaran de golpe y las miradas se clavaron en ella.
La voz de Raimunda se alzó, aguda y llena de desprecio:
— No eres capaz de hacer nada bien.
Alí permaneció inmóvil, sintiéndose pequeña como una niña recién reprendida. Sin decir una palabra, se agachó rápidamente, cogió un trapo y comenzó a limpiar el suelo. Poco a poco, los murmullos regresaron y la conversación comenzó a llenar la sala. Sin embargo, las palabras de Raimunda seguían retumbando en su cabeza. Las lágrimas amenazaban con escapar, pero Alí las contuvo. No quería darle a su suegra la satisfacción de verla llorar.
Entonces, Roberto se acercó. Durante un breve instante, Alí pensó que quizás iba a ayudarla o consolarla de algún modo, pero la sonrisa burlona en su rostro le indicó lo contrario.
— Alí, sabes que tengo un regalo para ti —dijo con tono irónico.
Ella lo miró con una chispa de esperanza. Tal vez, después de todo, Roberto había recordado su cumpleaños y le había preparado una sorpresa. Sin embargo, esa ilusión se desvaneció rápidamente.
Él extendió la mano detrás de la pared, como si fuera a revelar algo especial, pero lo que sacó fue una escoba.
Con una risa maliciosa, se la entregó.
— Aquí tienes tu transporte. Ahora puedes volar —dijo en tono sarcástico.